Prologo
La iglesia estaba vacía cuando entró el sacerdote, camino directo al altar, cada pisada resonaba como eco, varias veces antes de ahogarse en el sonido de la nueva pisada, cuando llegó al altar se hincó y comenzó a rezar en completo silencio, con la luna como su único testigo, la puerta de la iglesia se volvió a abrir y la blanca luz de la luna volvió a iluminar la iglesia, y como un relámpago se desvaneció la luz al crujir del sonido de la puerta, el sacerdote ni siquiera se movió ante esto, el hombre de atrás gritó: “sus oraciones no podrán salvarlo padre Desmond”, el sacerdote continuó rezando sin siquiera parecer haber notado la presencia del otro hombre quien comenzó a caminar hacia donde estaba el sacerdote, cada paso que este daba retumbaba más el eco en la iglesia, hasta que se levantó el padre Desmond y dijo en una voz serena:”te equivocas, Dios esta de mi Lado”, suena un estallido, después de esto el padre Desmond cayó al suelo produciendo un estallido casi tan fuerte como el primero, la sangre salió de su cráneo empapando la sotana y manchando las gafas que llevaba sobre la nariz. El otro hombre se acercó al altar y pasando el cuerpo del difunto sacerdote, ya en el altar comenzó a susurrar a la imagen de su dios: “que el señor perdone aquel que mancha la casa del señor, con la sangre de su hermano, pero la traición y la masacre no deben quedar impunes” el hombre sacó un cuchillo y lo encajó con una nota sobre el cuerpo del difunto sacerdote. El hombre sacó del bolsillo de su chaqueta roja, de estilo militar un encendedor y salió de la iglesia jugando con él y tarareando una graciosa cancioncilla mientras la iglesia quedaba en total oscuridad y el asesino perdiéndose en las sombras del pequeño pueblo que la rodeaba.
La mañana siguiente, La Señora Ritz como todas las mañanas fue a la iglesia de santo Bael una pequeña capilla en la cima de la colina de aquel pequeño pueblo, La Señora Ritz era una anciana de entre 70 y 80 años quien había perdido a 2 de sus 5 hijos en la guerra y a 7 de sus 11 nietos, y que a pesar de su edad tenía la fuerza para subir aquella empinada colina para llegar y rezar un poco para después platicar con el Sacerdote del pueblo. El padre Raymond Curtis, un hombre que mas que amado era venerado en aquel lúgubre pueblito de las montañas, la Señora Ritz pensaba siempre en sus hijos y los caminos que tomaron. Por eso a ella, le gustaba ir y rezar por sus hijos y nietos. Pidiendo perdón a su dios por las decisiones de estos. Por fin, había llegado a la iglesia y le sorprendió que las puertas estuvieran abiertas por completo, pero no prestó atención y siguió su camino hasta encontrar al padre Raymond, limpiando el altar, y con una cara que mostraba tanto melancolía como miedo, la señora Ritz tuvo el valor de preguntarle qué pasaba a lo que el padre solo respondió: “Dios está de nuestro lado, debe estar de nuestro lado”. A lo que el padre Raymond de unos sesenta y tantos años comenzó a llorar y entregó un pergamino a la señora Ritz que decía:
“19 de Enero de 1874
Para Raymond Curtis de Valle Dorado
Estimado Raymond Curtis:
Esta carta es para informarle que su hermano Desmond Curtis fue asesinado la noche del 18 de Enero del año presente en el pueblo de Rize donde trabajaba como Sacerdote de la iglesia de Blanche por un sujeto aún desconocido. El hombre le disparó en la cabeza produciendo su muerte de manera instantánea, el motivo de esta carta además de informarle es para advertirle que el asesino dejó una nota con nombres, entre los cuales está el suyo y el de su hermano que ya estaba tachado de la nota, si tiene alguna duda no dude en venir a la Ciudad Imperial donde con mucho gusto le ofreceré todos los datos y pistas que hemos encontrado así como, para asistir al funeral oficial del padre Desmond el día 22 de Enero en la Ciudad Imperial.
Atentamente
Coronel James H. Reed”
La señora Ritz no pudo evitar derramar una lágrima, ella conoció al padre Desmond, una vez hace un par de años. había venido y convivido con la gente de su pueblo “era un buen hombre pensó, quien sería capaz de asesinar a un hombre como el padre Desmond, o que quisiera asesinar al padre Raymond era impensable, la señora Ritz solo pudo decir: “lo siento padre” el padre Raymond limpio la lagrima que corría por su mejilla y solo dijo: “esta tarde tomare el tren a ciudad imperial, pero no se apure, un monje local se encargara de mis deberes hasta mi llegada.” El padre Raymond recogió una maleta de piel que estaba reposada en la pared de la iglesia, se despidió y salió por la puerta de la iglesia dejando a la señora Ritz sola, El padre Raymond salió con la pesada maleta por la puerta de la iglesia de santo Bael, se encontraba bajando la colina cuando miles de pensamientos se le atravesaron por la cabeza, su tiempo sirviendo al ejercito en la guerra con Baviera, y el exterminio realizado ahí, pensó en el, quien ya siendo sacerdote participo en semejante barbaridad, pensó en su hermano Desmond un joven seminarista con la vida por delante enfrentándose cara a cara con la muerte, pensó en la orden de los Templarios, monjes, sacerdotes y demás miembros de la iglesia, en armas contra un pueblo prácticamente indefenso, pensó en el Coronel James Reed un hombre un poco menor que el que en ese entonces ya tenía el rango de Capitán apenas a los 24 años y que logro despejar el camino para que los Templarios entraran a ese pueblillo y arrasaran todo, pensó en su deserción y en la deserción de su hermano que no soportaron mas las masacres, pensó en los Imperiales y por supuesto pensó en el príncipe, y en la familia real a quienes él y su hermano les sirvieron como consejeros antes de que la guerra comenzara. Y que después de la guerra no tuvieron más opción que prestar sus servicios en alejadas y olvidadas comunidades en la frontera, Raymond lo sabía, el asesino no era algún sobreviviente de la guerra, no, tendría más de que vengarse con altos mandos que con dos pobres sacerdotes olvidados, pensó que pudo ser algún militar enfurecido por la deserción de varios templarios, pero esa idea se borro de su mente cuando lo recordó, todo volvía al principio, todo se relacionaba con la familia real, se relacionaba con Duke el mayordomo de los reyes, con los separatistas de Ramon y Martin, con el Gran general Alfonso, ahora todo tenía sentido. Un asesino solitario asesinando a dos curas insignificantes, pero que alguna vez fueron de la curia del Emperador, fueron parte de una de las familias más influyentes en la ciudad Imperial. Desmond amigo personal del príncipe Dante, Raymond el salvador de la masacre en el baile de la primavera, La Princesa Roja. Todo regresaba a eso, todo, La familia Curtis, el mensaje, no era una venganza, era un mensaje.
La central del Tren en aquel pueblo era pequeña, de hecho era demasiado pequeña, sólo era una terraza con un par de bancas debajo de ella, El padre Raymond se sentó en una banca y se apresuró a sacar su diario una vieja libreta forrada en piel donde escribía anécdotas o cortos cuentos que se le ocurrían, y comenzó a escribir todo lo que pensó en el camino hasta la estación, cada detalle cada palabra y cada persona en la que pensó, cada vez escribía más rápido, y con cada palabra que escribía sabía que se acercaba más a la muerte, pero el peso de su muerte y la de su hermano volaban, hasta que se dio cuenta de que ya no importaba su muerte, ya no importaba su vida, sólo tenía que hacer que esa libreta llegará al coronel Reed, él sabría qué hacer con esa información, Reed atraparía al responsable, Reed acabaría con una serie de asesinatos que vendrían, y el pagaría por sus pecados pero no sin antes encerrar a su verdugo, y así salvar la vida de sus compañeros. Desmond siempre fue más listo que Raymond, Desmond pudo haberlo atrapado, pero él nunca tuvo las pistas que Raymond tenía.
El tren se detuvo algunas personas bajaron de él, Sin embargo Raymond fue el único en subir, el vagón estaba completamente solo, Raymond depósito su maleta en un compartimiento arriba del tren, sacó un cigarrillo y lo encendió con el viejo y oxidado encendedor, el humo de la máquina y el humo del cigarrillo salían del tren y con el gran estruendo de las campanas vino el movimiento, el tren comenzó a avanzar y Raymond siguió fumando y recordando su vida hasta ese día, recordando lo que hizo y lo que pagó por ello, pensó en el baile de la primavera, pensó en Baviera y pensó en su Valle Dorado y todos y cada uno de los habitantes.
La puerta del vagón se abrió y entró un hombre alto con una chaqueta roja militar rota y llena de barro, el hombre tenía vendado el vientre y un hombro, Raymond se le quedo viendo, ya no había sorpresa de quién era y qué haría, “así que has llegado, te estuve esperando” dijo Raymond sin perder la calma que ya había ganado. “lamento el retraso pero tu hermano me dio algunos problemas, subestime a los Curtis, tu hermano ya tenía una defensa lista, no, un contraataque, sus aldeanos me atacaron y me persiguieron, pero contigo no he de temer por eso, cuando ellos sepan que has muerto, yo ya estaré muy lejos” contesto el hombre que se sentó enfrente de Raymond y sacó su pistola. Todo quedó oscuro al pasar ese enorme túnel, el estruendo de un trueno golpeó ese vagón, y cuando la luz del atardecer lo volvió a iluminar solo quedo un cadáver vestido de negro y una alfombra vestida de rojo.
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